Origen demócrata de la corrida de toros
EL SENSATO INCONFORMISTA
Por José Carlos Arévalo / Foto: Mauricio Berho
Un periodista lunático. No pocos se preguntarán por qué en plena temporada escribo de estas cosas tan lejanas. Pues lo hago porque en plena temporada su hecho más relevante es la ILP (Iniciativa Legislativa Popular) presentada al Congreso por 52 diputados antitaurinos. Y si lo han hecho después de que la propusieran en vano el año pasado es porque ahora están seguros de ganar. Pero lo que más me pasma y preocupa no es su reincidencia, ni que el Congreso la acepte, sino el indolente silencio de todo el sector taurino, profesionales y aficionados incluidos.
O sea, que voy a escribir de una lejana cosa, el origen y carácter democrático de la corrida moderna, no solo para pasmo de supuestos demócratas antitaurinos, también para sorpresa de no pocos aficionados. A veces, el pasado explica muy bien el presente. Y este es el caso.
Gracias a los antitaurinos se creó la corrida a pie. Felipe V fue el primer rey antitaurino de España. Juró su trono en Las Cortes el año 1701, tenía ideas firmes, su trono le costó una guerra con el austriaco archiduque Carlos, que ganó. Era el primer año del siglo ilustrado, cuando amanece el imperio de la razón, la Enciclopedia pretende explicar el mundo, la ciencia releva a la creencia y la democracia a la autocracia. Pero Felipe V, además de ser un autócrata como todos los reyes de entonces, había nacido en Versalles y la tauromaquia le era más ajena que una paella a un lapón. Y la prohibió. Y tampoco perdió la partida, porque la tauromaquia urbana era entonces la corrida caballeresca, con la que acabó. Lo hizo sustituyendo la monta a la jineta (la que sirve para torear) por la monta a la brida (la que sirve para pasear o para correr). Y si no le había importado perder la batalla de Villaviciosa por obligar a la caballería a montar a la brida, menos le preocupó prohibir la jineta en la corrida caballeresca. Porque la decapitó.
Si Felipe V no hubiera sido antitaurino, como también lo fueron sus sucesores, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, pues todos prohibieron las corridas durante sus respectivos reinados y si todos la hubieran apreciado, como la casa de Braganza en Portugal, hoy en España no existiría la corrida de lidia a pie, solo habría corridas a la portuguesa.
La lidia, una tauromaquia ilustrada. Lo fue porque la lidia es un método racional de inspiración científica, etológico, doscientos años antes de que se funde la etología, ciencia que estudia el comportamiento animal. Lo fue porque adopta un método pre científico sorprendente, elaborado por cultos toreros analfabetos que lo acoplaron a los tres estados del toro durante la lidia: levantado, de salida al ruedo; atemperado, después de la suerte de varas; y avivado y centrado, tras ser banderilleado. Y lo fue porque cumple las tres normas del teatro neoclásico del siglo XVIII (unidad de acción, espacio y tiempo), y así escenifica en el ruedo una narración dramática, que es siempre la misma, el encuentro de un toro agresivo y de un hombre en peligro, y que siempre es distinta, porque distintos son el hombre y el toro que la protagonizan: dos actores inmersos en un marco abismal, el ruedo, donde se expresa un nuevo arte, creado por el hombre con una materia viva, el toro, para acceder a un éxtasis paradójico que convierte la violencia en cadencia, el caos en armonía, el valor en prudencia, la bravura en toreo. ¿La sartriana situación límite trasmutada en obra de arte? Un respeto al torero.
La fundación del coro taurino, el público más democrático. Había sido el convidado de piedra en la secular y precedente corrida caballeresca, gentes del pueblo que accedían a la plaza urbana de toros tras comprar su entrada a un asentador que vendía un limitado cupo de sitios o asientos. El resto lo ocupaba el Rey y su corte, altos dignatarios, la nobleza, los miembros de las instituciones locales. (No es broma, creo que de aquí viene el prestigio social de no pagar en los toros). Pero en la plaza de fábrica, construida para dar toros, era otra cosa. Circular porque el toreo es en redondo y porque el toro pierde parte de sus querencias defensivas en la circunferencia del ruedo, y, sobre todo, porque otorga al público un dominio circular sobre el toreo, una mirada de 360 grados, la soberanía absoluta de la lidia. En la plaza hay clases como en la sociedad, que ocupan graderíos altos y bajos, el sol y la sombra. Pero el coro es único y cuando exclama la atávica voz "ole", de posible origen semítico, quizá emparentada con el "ölâ" de los judíos, pronunciado cuando el humo del becerro sacrificado ascendía a los cielos, o con el "Al-lá" de los musulmanes cuando el cantante trasciende su canto sin salirse del pentágrama. Pero difiere de la exclamación judía y de la mora. Porque el "ole" es coral, colectivo, la suma instantánea de mil subjetividades unidas, la objetividad absoluta. Así es de soberana la voz extasiada del toreo, mitad grito, mitad palabra, la dueña y señora de la Fiesta.
Ningún público decide la jerarquía del arte, su triunfo o su fracaso, como el taurino; ningún público establece premios, censuras o silencios para evaluar el resultado del juego; ninguno acepta, porque no se le pide como al coro taurino, que acate el orden democrático de la corrida a pie, cuyo árbitro es el presidente de la corrida, garante de los derechos del toro, el torero y el público. Sí, la corrida de toros nace cuando los pueblos luchan por la democracia. Y es democrática: detrás de cada lidia hay una instantánea votación que la valora.
Toreros del pueblo, ganaderos burgueses y propiedad pública. El chulo (palabra calé que significa cuchillo, el que usaba el criado auxiliador del caballero y que, por tanto, así lo designaba la guasa de la gente) se independizó de su señor. No tanto por la enemiga Real a la corrida caballeresca, sino porque a la sociedad entera le gustaba más lo que el de a pie le hacía al toro. Hubo un tiempo que en Madrid se celebraban dos corridas en el mismo día. Una matinal, de lidia a pie. Y otra vespertina, caballeresca. Y la gente prefería la primera. Tanto que mitificó a su protagonista, el matador. Se convirtió en el ídolo de la población en todos sus estratos sociales. La coyuntura era favorable. La democracia se había proclamado en Estados Unidos, pronto lo haría en Francia. Y en España también.
Pero en el mundo de la tauromaquia se demostró que la afición no tiene clases, hay buenos y malos aficionados. En el ruedo quien jerarquiza al hombre es el toro. Y en el campo, al ganadero, la bravura. Así como el torero se anticipó más de un siglo a Konrad Lorenz, fundador de la ciencia etológica, el ganadero de bravo hizo lo mismo al usar las leyes genéticas de la herencia más de un siglo antes de que George Mendel descubriera la ciencia genética. Dos sabios austríacos que han pasado a la historia. No así Pepe-Hillo, que hablaba en los salones literarios de Madrid y que editó, poco después de publicada la Enciclopedia de Diderot y D'Alambert, su Tauromaquia al caballero ilustrado José de la Tixera. Ni tampoco el conde de Vistahermosa, impulsor del fundamental encaste de encastes, de ayer y de hoy. Ni Pedro Romero, de quien Goya hizo su retrato más noble. Ni "Costillares", el verdadero autor de la lidia, genial intérprete de la verónica, entonces el único toreo fundamental, e inventor del volapié, la manera más torera de matar a estoque.
Pero lo más extraordinario fue que, frente al poder político que durante aquel siglo quiso abolir la tauromaquia, la lucha taurina fue interclasista: los caballeros en plaza inculcaron a los toreros de a pie el código de honor de la lidia; las maestranzas de caballería, sobre todo la de Sevilla, fueron el último bastión de la tauromaquia moderna; las administraciones locales, en oposición al sumo poder político, construyeron un vasto parque de plazas, sedes del gran mercado taurino, un sector productivo mixto, de propiedad pública y gestión privada Y a la postre, juntos todos ellos, ganaron la guerra.
Por supuesto, quedan muchas cosas en el tintero. Un artículo tan solo es un disparo solitario en la guera global contra la tauromaquia. Yo no sé cómo acabará esto. Morante, en los ruedos, expone los mejores argumentos del toreo. Pero fuera de la plaza sigue imperando la ley del silencio. No saber es el arma más eficaz de los antitaurinos. Yo, por mi parte, seguiré disparando... artículos.